Monumento nacional que como el ave fénix y de a poco, se pone en pie.

Dice la historia que mientras Joaquín de Caycedo y Cuero, último Alférez Real de Santiago de Cali ocupó la Hacienda Cañasgordas, en esta su “Casa Grande” convocó las primeras reuniones de los patriotas caleños con el propósito esencial de conspirar contra el mal gobierno en La Nueva Granada, tertulias que condujeron al “Acta de Autodeterminación” que la provincia promulgara el 3 de julio de 1810, exactamente 17 días antes de que en Santa Fe Bogotá y a causa del célebre incidente conocido como “El florero de Llorente” se diera el “Grito de Independencia”.
Por: RENÉ GONZÁLEZ-MEDINA
Corresponsal para Colombia – http://www.eeamagazine.com.ar
elfaroenlaluna@yahoo.com

Levantada en el Siglo XVIII (se desconoce quién la construyó) esta casa, cuyo uso original sería el de “Casa de Hacienda”, se complementaba con “el vallado en piedra que la rodea, las portadas que la enmarcan y definen su acceso desde el Este, el edificio del Trapiche en el Noreste, los vestigios de la Capilla en su costado Norte y las acequias del Trapiche y del baño de inmersión”.
Por ser históricamente el conjunto arquitectónico rural más importante de la capital del Valle del Cauca la Hacienda “Cañasgordas” fue declarada “Bien de Interés Cultural del Ámbito Nacional” (BIC) mediante Decreto 191 del 31 de enero de 1980.

Y, ¿cómo era? ¿Cómo es la “Casa Grande”?

“Cañasgordas”, casa solariega que en 1629 y por $180 de la época se vendiera al sacerdote Juan Sánchez Migolla y que tiempo más tarde (1725) terminara comprada por Nicolás Caicedo Hinestroza, primer “Alférez Real” de la ciudad y abuelo paterno de quien es considerado chispa y genio del movimiento emancipador de la Provincia (Joaquín de Caycedo y Cuero), de conformidad con la descripción que junto con los planos figura en el Departamento Administrativo de Planeación Municipal de Santiago de Cali “…tiene una disposición en forma de ‘Z’ con circulaciones acodadas, el cuerpo principal es de dos pisos con piederechos de madera, corredor perimetral cerrado en sus extremos en el espacio que genera con el ala norte, el tapial del lado de la capilla y el edificio del trapiche”.

Caminando por el ala Sur que es de un piso y que contaba entonces con “un bellísimo baño de inmersión”, Cayzedo y Cuero debe haber redactado cientos de veces en su febril mente el borrador del “Acta de Autodeterminación” que él, solemnemente y junto con las personalidades más representativas de Santiago de Cali y de la comarca, habría de firmar el 3 de julio de 1810.

“El ala Norte es de dos pisos, un poco más bajo que el cuerpo principal. Las cubiertas son de teja de barro con estructura de par y nudillo, con pares prolongados sobre el corredor. La estructura del entrepiso es de madera con cama de tierra y arena sobre la que se disponen tablones de ladrillo como acabado. Los muros son de tapia, adobes y partes en bahareque y embutido”.

La presencia de la casa, extraordinaria desde donde se la mirara, llevaría tranquilidad y sosiego al espíritu ya incendiado del joven Joaquín que acicateado por la soberbia del gobernador de Popayán, el español Miguel Tacón y Rosique, veía cómo al pasar de los meses las diferencias entre su dirigencia local y el representante de Su Majestad Carlos IV en el suroccidente del virreinato, abrían brechas incorregibles. La casa dominaba no solo el espacio exterior activo generado por ella misma sino que, también, se sobreponía al paisaje natural. Cayzedo y Cuero, fija la vista en la “L” con arcadas hacia el exterior que el constructor de la casa había diseñado para el Trapiche, alimentaría –fácil es de suponerlo- el anhelo de una patria justa para él, su familia y sus compatriotas.

“La Capilla se encontraba localizada en el costado Noroccidental de la casa y fue demolida. Sin embargo se conservan las cimentaciones y en trabajos exploratorios se encontraron imágenes de bulto en arcilla y otros elementos que formaban parte de la misma”. Al Trapiche lo atravesaba una acequia que a juicio de los expertos debió proveer la fuerza capaz de mover un trapiche hidráulico, hecho que llevó a suponer “que el edificio es mucho más reciente pues la introducción de artefactos de este tipo para la molienda de caña solo se hizo a finales del Siglo XIX en la región. Los arcos son de ladrillo y la estructura es de adobe y es una construcción de solo un piso pero armoniosa y de un efecto en el paisaje y en la imagen del conjunto definitivo”.

Panorámica de la “Casa Grande” – Foto: DIEGO TORRES.

“Cañasgordas” y su inspiración para una novela

Eustaquio Palacios, abogado de profesión nacido el 17 de febrero de 1830 al norte del departamento (Roldanillo, tierra del pintor Omar Rayo) y quien ejerciera su amor por las causas sociales a través de las páginas de su periódico “El Ferrocarril” que editaba y producía en su propio negocio de imprenta, al hacer parte de las familias prestantes de la pueblerina Santiago de Cali de la época (provenía de familia que aunque sin poder económico ostentaba títulos de nobleza) debió haber sido visitante ocasional o asiduo de la Hacienda “Cañasgordas”, “Casa Grande” que como ya se ha visto era la de mayor importancia en toda la vastedad del valle que lleva el nombre del río que lo cruza: el Cauca. Él, Palacios; político y docente, hombre culto y sensible inquieto por las cosas atañentes al cuerpo y al alma, amante de las letras al punto de componer poemas y sonetos y redactar sus particulares puntos de vista en un ensayo que llamó “Lecciones de Gramática y Literatura Castellana”, tuvo que haber sentido el magnetismo poderoso de esa propiedad que en sus inicios trazó sus límites con referentes naturales que extendían sus dominios de extremo a extremo; hasta donde alcanzara la vista, como explicaban los mayores (al Norte iban del río Lili hasta el río Cauca; al Sur con el río Xamundí; al Este otra vez con el río Cauca y al Oeste con algunos puntos de la cordillera Occidental o “Cerro de Los Farallones” como en la actualidad se los conoce). Las extraordinarias dimensiones de esta propiedad sumadas al verdor paisajístico que en las mañanas y en las tardes, bajo el sol o bajo la lluvia desperdigaba, deben haberle inspirado la novela que el ex rector del Colegio Santa Librada de Cali escribiría con la preconcebida intención de mostrar la ciudad y la época en que le correspondió vivir: “El Alférez Real”.

Portada de “El Alférez Real”, edición de Panamericana Editorial.

Historia rica “en su lenguaje artificioso y erudito” donde logró aplicar, con profuso esmero, un cuadro fidedigno de las costumbres al momento de pintarle los más acendrados caracteres y cuidándose, al retratarlos, de no tergiversar “la tradición y la cronología en el relato de los hechos verdaderos”.
Escrita y publicada en 1886 “El Alférez Real”, obra de 234 páginas, se constituye en una auténtica crónica de Santiago de Cali en el Siglo XVIII y es considerada –así lo reseña Wikipedia- como “una novela romántica y costumbrista, la más destacada dentro del género de la novela histórica colombiana”. Lo simple del argumento (un amor imposible a causa de la desigualdad social de sus protagonistas) es coherente con la inconformidad manifiesta de Palacios por este y otros tipos de discriminaciones.

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